domingo 23 de noviembre de 2008

Sendas y encuentros de un Gurú No. 7

Un Maestro en la vida y para la vida humana

El Maestro Estrada nos enseñaba de muchas maneras; especialmente lo hacía con la intención de concienciarnos sobre diversos aspectos que omitíamos o percibía que idealizábamos a su persona como Maestro, al proyecto de reeducación humana, nuestro trabajo personal o a la vida en general.
De muchas maneras viví con él aprendizajes que parecerían que un Gurú no enseñaría. Lo que sí tengo claro es que ante todo él siempre nos mostró su disposición a hacernos crecer en el arte de vivir y no caer en descuidos, faltas o excesos.
Como muestra de esos aprendizajes, recuerdo que en la etapa en que vivía con mi esposa y primera hija en Cuernavaca fui invitado a conocer la nueva casa sede de la GFU de Torreón, a su inauguración por el Maestro Estrada.
Al día siguiente, después de haber inaugurado la casa durante el desayuno, el Maestro Estrada inesperadamente desapareció y nadie supo cuándo ni por dónde se había ido, ni siquiera su esposa, el Reverendo Carlota.

Inquietos, lo empezamos a buscar en lugares cercanos, pero no le encontramos. Como a la media hora, llegó cargando varias bolsas llenas de artículos. Nosotros pensamos que eran cosas personales.
Cuando nos vio, nos dijo: “Si son mis discípulos, vengan para acá, que el Maestro les va a dar una enseñanza muy importante”. Los presentes nos sentimos privilegiados y subimos al segundo piso siguiendo al Maestro, esperando recibir tan elevada lección como sus discípulos.

Se dirigió al vestidor y baño que se les había señalado para él y a su esposa. Este vestidor tenía su acceso por el pasillo de un corredor. Ya estando frente a la puerta, colocó las bolsas en el piso y nos dijo: “No toquen nada, que son cosas para la enseñanza de hoy”. “Miren espero que no pierdan detalle y aprendan con esta enseñanza que les voy a dar, porque es muy importante para ustedes y para la Misión de la Gran Fraternidad Universal”. Todo parecía tan misterioso y especial que nos pusimos muy alertas para escucharle con mucha atención y recibir la enseñanza prometida.
Sacó entonces un desarmador y varios tornillos junto con un pasador para trabar la puerta, y nos reiteró: “Ahora no se me vayan a ir, porque esto es una enseñanza importante”.
Abrió la puerta y empezó en silencio a atornillar el pasador por dentro de la puerta y la traba en el bastidor de la puerta, mientras nos decía de vez en cuando: “No pierdan detalle que esto va a quedar bien”.
Al finalizar nos dijo: “Espero que esta enseñanza les quede bien clara”, entonces cambió su semblante por uno de expresión enérgica y continuó diciendo: “Miren, es una vergüenza que este sea el vestidor y water (escusado) que le ofrecen al Maestro o a cualquier persona; esto no se puede cerrar por dentro. Ustedes quieren que me vean desnudo y en posiciones comprometedoras en el water (escusado). Yo pienso que eso es una falta de sensibilidad y de educación. Los miembros de la Gran Fraternidad Universal traemos una reeducación humana, además, esto da vergüenza de lo sucio que está. El Maestro ya solucionó el asunto este del exhibicionismo que les encanta a ustedes, que por lo que veo, para ustedes es un halago que les abran la puerta y los vean como dios los trajo al mundo. A mí eso me hace pasar vergüenzas”.
Entonces se agachó para sacar más cosas de las bolsas que estaban en el piso y nos dijo: “Pero falta más, no se me vayan a ir, aunque se les caiga la cara de vergüenza, porque el Maestro va a limpiar esta regadera, lavabo y water (escusado) que son una porquería. Miren, cuando uno ve el baño de una casa, sabe qué tipo de educación tiene la gente. Esto es una porquería y nosotros venimos por una reeducación de la humanidad y así no lo que estamos demostrando. Pero eso sí, vemos y sabemos mucho acerca de Papa Dios y de muchas cosas, pero de vivir bien y decentemente muy poco. Esto que estoy haciendo es elemental en la dignidad de un ser humano”.

Recuerdo la cara de vergüenza de todos los presentes, que parecían desmoronársenos, guardando silencio, encogidos de hombros y esperando que terminara ese martirio.
Lo único que se me ocurrió en ese momento para sentirme mejor, fue decirle: “Maestro, déjenos hacer la limpieza, creo que ya entendimos”, a lo que replicó muy serio: “Miren, yo quiero que esto quede bien hecho y quiero que vean que el Maestro sabe hacer esto y otras cosas también, pero sobre todo que no se les olvide, porque si a ustedes les gusta vivir así, el responsable de dejarlos mal formados y educados es el Maestro, la gente va a decir: “Pero miren cómo viven los discípulos del Maestro Estrada”. Y continuó: “El Hijo del Hombre viene a vivir con sabiduría y eso empieza con la limpieza y el orden, esa es la magia blanca. Todavía no se me muevan, si quieren ustedes se me sientan en unas sillas, porque quiero que aprendan bien y vean cómo se hace”

Efectivamente, el Maestro sacó unos guantes plásticos, se arremangó su camisa y empezó con cloro y otros productos a limpiar los azulejos uno por uno, dejándolos relucientes en comparación a cómo estaban. Inmediatamente tomó la escobilla que había comprado e inició la limpieza del inodoro con un producto especial. Acabó pasando una esponja con un desinfectante aromático. Al final hizo lo mismo con el lavamanos, dejándolo desinfectado y limpio.

Todo le llevó más de 1 hora, y nosotros no podíamos creer lo que estábamos viendo y simplemente nos la pasamos retorciéndonos de las sillas.
Para terminar, diré que esa experiencia me recordó mucho a mi abuela materna, de signo también Leo. Mujer de carácter y que en una visita a su casa en México DF, cuando yo tenía como 9 o 10 años, una mañana me dijo: “Javier, tu abuela te va enseñar algo de la vida, si quieres aprender a vivir bien, hay que saber a hacer las cosas bien. Te voy a enseñar a vivir bien y limpio”. Me llevó a uno de los inodoros de su casa y me puso a lavarlo con utensilios y productos que ella misma me mostró su manejo, diciéndome: “Mira, la gente que sabe vivir es limpia y ordenada, y esto es saber vivir, que no te dé miedo ni vergüenza de hacerlo”.

El Maestro sabía cómo romper los límites mentales que nosotros sus discípulos nos buscábamos como excusas para acomodarnos la Iniciación. Esto incluía nuestra gran autosuficiencia de pensar que ya nos la sabíamos de todas, todas.

Como ejemplo de este proceso y de su magistral arte de educarnos, les comparto la siguiente experiencia:
En la ciudad de Torreón, Coahuila, México, un día, al terminar el Ceremonial Cósmico y entrar en el estudio acostumbrado, el Maestro Estrada mencionó que había muchos tipos de Iniciados y de establecer sus categorías. Existían los decididos, los medio- Iniciados y los que soñaban o creían que eran iniciados y así se la pasaban creyendo.
Mencionó que los decididos se distinguían entre otras cosas por su autodisciplina de Yoga por lo menos 5 veces a la semana, la calidad de relación con las demás personas, por su estudio permanente, y en general porque sabían cumplir bien y ser felices.

Esa tarde, en un ambiente coloquial con el Maestro, uno de los presentes le preguntó: “Maestro, ¿no le parece que nos pide mucho? Usted nos dice que para ser buenos discípulos practiquemos 5 veces como mínimo asanas y gimnasia a la semana, que estemos bien con nuestros padres, parejas e hijos, dedicándoles todo el tiempo que sea necesario. Nos pide que tengamos calificaciones ejemplares en la universidad, nos pide que nos documentemos muy bien en temas de arte cultura, ciencia, y temas de todo tipo, incluidos los esotéricos. Nos pide que no faltemos a nuestra Escuela semanalmente, que tengamos dinero siempre para viajar y cumplir compromisos en todas partes; nos pide que viajemos a las principales reuniones de la GFU nacionales e internacionales, que aprendamos a divertirnos y a convivir, a observar la naturaleza a cielo abierto, etc. Maestro, ¿no se le hace que nos pide algo que solo Superman lo puede hacer?” Él contestó: “Esos son los que me interesan, los demás no”, se paró y se fue a su cuarto, dejándonos simplemente impactados.

El Maestro sabía cómo rompernos la idealización que creábamos a su figura extraordinaria. En todo el tiempo que le conocí, no le sentí desconectado de su aspecto humano. Estaba en permanente proceso de crecimiento y autocrítica. Algo más al respecto:
Una tarde en Acapulco, había dos o tres personas conviviendo con él. A uno de los presentes se le ocurrió preguntarle: “Maestro, ¿cómo le hace para no equivocarse? Siempre hace las cosas correctas y dice lo más apropiado para cada ocasión, a usted le sale fácil, pero nosotros nos enredamos solos cuando no está usted para decirnos cómo hacer las cosas”. A lo que el Maestro contestó: “Ahora resulta que según ustedes no me equivoco”. Colocó su mano en la frente y exclamó “¡Pero qué brutos están mis discípulos!”, y prosiguió diciendo: “Miren, ¡sí que están brutos! Primero no se dan cuenta cuándo me equivoco y meto la pata, y no solo eso, sino que tampoco se dan cuenta cuándo la saco”. Y continuó: “Claro que cuando me doy cuenta de que he metido la pata, pues trato de sacarla rápidamente”. Volvió a darse una palmada en la frente, gesto que era muy clásico en él, y a repetir: “¡Pero qué brutos están, que no se dan cuenta ni cuando la meto ni cuando la saco!”. Sonrió pícaramente, se puso de pie y nos dejó más que sorprendidos.

19 de agosto del 2008

HG Javier Eugenio Ferrara
www.redgfu.net/jef

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Sendas y encuentros de un Gurú No. 6

DE SORPRESA EN SORPRESA CON EL GRAN GURÚ

Convivir con el Gran Gurú Dr. José Manuel Estrada era caminar por el sendero de la vida, entre escenarios de sorpresas y más sorpresas. Los asuntos más complejos, inesperados o desconocidos podían llegar a verse con naturalidad y hasta como una cuestión de sentido común. Y los más simples, naturales y cotidianos podían tener un significado trascendente y hasta misterioso. Las explicaciones del porqué, cómo o para qué sucedían los acontecimientos en cada escenario, parecían como ya vividos por el Maestro; nos los interpretaba con una confianza y destreza asombrosas.

La confianza que tenía en sí mismo la expresaba de muchas maneras, que iban desde las respuestas directas y contundentes, otras amigables, o con algunas contra preguntas y también con bromas para aligerar el ambiente. Hacía gala de maneras distintas para responder, caracterizándose siempre por sus respuestas frescas y espontáneas en cada ocasión.
Su didáctica era inigualable, por lo pragmático y fácil del lenguaje que usaba, como por la autenticidad que mostraba en todo lugar. No recuerdo haberle visto acartonado o con falta de adaptación a las circunstancias. Estas y algunas otras características, provocaban entre sus acompañantes o en nosotros, sus discípulos, algunos comentarios, más preguntas, lo que hacía de esos momentos coloquiales, memorias inolvidables y siempre ricas por sus diferentes matices.

Presencié en carne viva, la forma cómo trataba a personas letradas en ciencias y filosofías, digamos cultas, pero también cómo interactuaba y compartía con personas sencillas y muy humildes, de escasa comprensión. Con su presencia y diálogos, todos parecían encontrar alguna respuesta a sus búsquedas.
Los lenguajes con que nos transmitía sus vivencias y conocimientos eran muy diversos. El lenguaje verbal era claro, sus conceptos se sentían profundos sin dejar de sentirse frescos y sorprendentemente creativos.
Pero con su comunicación no verbal, podría decirse que era aún más impresionante lo que nos comunicaba. Su figura, gestos, la maestría al manejar sus manos y cuerpo, los cambios de voz y actitud continuos, la pulcra caballerosidad y elegancia, la escucha a lo que decían los demás en todo momento, las respuestas a todo lo que sucedía, el particular sentido del humor que lo hacía verse picarón y a veces llegar a reírse como un niño a carcajada suelta o mostrándose con su peculiar romanticismo de trovador venezolano.

A más de su aspecto de por sí original, nos transmitía algo muy especial con la sola imagen de profeta o mago, con su capa y vestiduras inmaculadamente blancas y relucientes que llevaba con mucha elegancia. Los ambientes se transformaban con su presencia; el amor que despertaba en sus discípulos era muestra de su gran humanidad y transpersonalidad. Todo ello y aún más recuerdos difíciles de expresar en palabras, nos llenaban todos los sentidos aunque no hubiera hablado. Podría decir que su comunicación era un esplendor de mil tonalidades que llenaban cualquier atmósfera.

El Maestro se presentaba a sí mismo ante la prensa como “El Gran Gurú Dr. José Manuel Estrada”, pero en el trato de persona a persona siempre le vi dar la mano, que acompañaba con su clásico “José Manuel Estrada, para servirle”.
El título de Gurú y aún más el de Gran Gurú, llamaban mucho la atención en aquellos tiempos en que la cultura oriental empezaba a sentirse en el ambiente, como respuestas a la búsqueda de una espiritualidad exótica y misteriosa.
Si bien la palabra Gurú está asociada con el Yoga, disciplina que él difundió durante toda su Misión, no le gustaba que lo confundieran con un asceta, faquir o místico oriental. Cuando le preguntaban al respecto de sus títulos, aprovechaba la oportunidad para aclarar las diferencias entre un Iniciado y un religioso o asceta oriental, especialmente con los provenientes de la India.

Un día nos explicó que el título de Gurú, y luego el de Gran Gurú, los usaba por una recomendación que le hiciera su Maestro, el Dr. Serge Raynaud de la Ferriére, en el sentido de que era importante volver a darle brillo y prestigio a ese título de Gurú, explicándole que en el pasado correspondió a los Grandes Maestros y Rishis que aportaron mucho a la Humanidad de su tiempo y a las generaciones posteriores de todo el planeta. Sin embargo, algunos de los llamados Gurús, habían desprestigiado tan noble rango espiritual, y había que revalorarlo.

Nos explicaba que un Gurú es aquel que cumple con la Misión Sagrada de la Tradición de los Iniciados, y debe dedicarse a servir a los seres humanos para “disipar las tinieblas”. En otras palabras, las tinieblas aluden a la ignorancia que tenemos sobre nosotros mismos como Seres y como humanos, así como sobre la vida en la que estamos inmersos y tenemos nuestro Ser.
Para asumir tan elevada misión, debía confirmar su capacidad de trascender sus necesidades básicas humanas, especialmente el sexo y el dinero. Para establecer este nuevo estado de conciencia, tenía que demostrarse a sí mismo si era capaz de vivir por una etapa, en un peregrinaje por el mundo, sin tocar dinero, sin tener relaciones sexuales, especialmente genitales o de compromisos interpersonales, durmiendo en el suelo, etc...

Era imperativo que antes de que dedicara el resto de su vida a instruir a los seres humanos que buscan el paso consciente a la trascendencia, él mismo superara esos miedos y comprendiera las verdaderas necesidades trascendentales del SER. Esa conexión con lo superior debía establecerla sin dudas o miedos, para enseñar con el ejemplo en tan elevada Misión.

En otra ocasión, me explicó que ese título de Gran Gurú se lo dieron en una ciudad cuando estaba en su peregrinaje, y de ahí en adelante lo adoptó públicamente. Su mismo Maestro le había indicado que podría llegar a usar el título de Sat Gurú o Maestro Divino, máximo título en la escala de la Tradición del Yoga.
También me comentó que otra de las acepciones para Occidente del término de Gurú es el de “Instructor”, por dedicar su vida al oficio de aclarar, educar, dirigir e inspirar a aquellos que están buscando un camino de crecimiento humano. Como un discípulo cercano a su vida por más de 8 años, muchas de estas virtudes y habilidades y aún algunas otras más, afortunadamente las pude percibir materializadas en un ser humano de carne y hueso al convivir con mi Maestro.
La personalidad y lo que brotaba del Gran Gurú tenía matices que iban desde lo muy sublime, arquetípico, mesiánico, como en los asuntos propios de un coloquio entre amigos o por el buen consejo de un padre amoroso o un venezolano dicharachero y simpático. Todo esto se daba como la luz de un mismo diamante cristalino, muchas caras y coloridos…, pero sin dejar de ser el Gran Maestro.

Un día en el que varios discípulos estábamos sentados en el cuarto del entonces Consejo Regional de Monterrey de la Casa Sede de Monterrey, escuchando una entrevista de prensa. Al finalizar, decidimos abordarle antes de que se pusiera de pie, para no dejar escapar la ocasión de aprender algo y hacerle varias preguntas, para aprovecharle al máximo.
Alguien le preguntó: “Maestro, ¿qué es el Raja Yoga? ¿Por qué el Muy Sublime Maestre lo menciona como el Yoga de los Maestros, pero en otros lados solo lo explican Ramacharaka o Vivekananda como un Yoga mental?”.
Rascándose la barba y mirándonos con un poco de desenfado contestó: “Bueno, si es Yoga de Maestros, ¿para qué la quiere usted? A lo mejor se me enreda más de lo que ya está”. Sonrió y continuó diciendo “Es que ustedes quieren almacenar conocimientos y seguir pensando y pensando, pero sin haberlo vivido. Miren, el Raja Yoga es una vivencia muy profunda”.
Otro de los presentes le volvió a preguntar con tono ingenuo: “Díganos algo, Maestro, aunque sea un poquito, ¿no?”, a lo que el Maestro respondió: “Muy bien, veo que quieren aprender, entonces les voy a decir cómo la practico yo. Lo que les voy a decir son mis vivencias; espero que no se me hagan pelotas”.
Rió e inmediatamente cambió a un tono serio y solemne: “Cuando voy por el mundo y se presenta ante mí mucha abundancia y generosidad de la vida, entonces recuerdo y siento cómo en este mundo hay muchas personas que no tienen, y me digo: “Bueno, José Manuel, a ellos les falta. Tú ya sabes lo que es no tener”. Me polarizo y no me empalago con la abundancia. Y cuando se me presentan situaciones donde no tengo algo, inclusive qué comer, entonces pienso que en muchas ocasiones la vida ha sido muy generosa conmigo. El Raja Yoga es el arte y ciencia del Yoga que trabaja la transmutación mental; es vivir con la maestría de la polaridad en todo momento, para siempre estar en el centro, en equilibrio”. Nos dejó sorprendidos y callados y se levantó sin que ya nadie le preguntara más.

Asistir a las conferencias de mi Maestro fue para mí y para muchos un impacto inolvidable. Los temas tratados y la forma de exponer sus conocimientos nos trasladaban a un mundo oculto y luminoso a la vez, de la sabiduría humana y de una compresión no común de la naturaleza del Hombre y de los mismos misterios del universo.
No solo recibíamos de él aspectos que eran comunicados a nuestras mentes como conocimientos, sino que nos transmitía su visión, su sensación, su experiencia, lo que sin darnos cuenta por un momento cambiaba nuestra actitud, que desembocaba en un permanente asombro; era una magia trasformadora de estados de conciencia compartidos.
Recuerdo entre algunos de los títulos de conferencias a las que asistí: “Qué le pasa al Hombre después de la muerte”, “El fin del mundo y la aparición del Hijo del Hombre”, “La célula familiar”, El libro de los cielos y sus misterios”, “El retorno del Cristo en la Nueva Era”; “¿Existen seres en otros mundos?”, “La espiritualidad Solar y Lunar”, “El sol es frío”.

De las conferencias, notaba que para entender a la vida recurría mucho a una propuesta que él mismo desarrolló, que llamaba “La Ley de conjuntos de conjuntos”, según la cual la materia está compuesta por partículas de energía, la energía por partículas de mente, la mente por partículas de espíritu y el espíritu de partículas divinas.
Esa y otras concepciones nos llevaban a descubrir el mundo desde otras perspectivas. Cumplía con lo que el Dr. de la Ferriére, su Maestro, proponía: tender un puente entre la ciencia y la religión. Continuamente establecía ese nexo entre las ciencias materialistas y los conocimientos esotéricos, a lo que agregaba sus experiencias personales.

Todo parecía lógico y entrelazado a la perfección si él lo explicaba. Los conceptos contrastaban con su personalidad imponente, los manejos de su capa y su tan especial voz profética, que parecía provenir de un trueno o el rugido de un león o de regiones ignotas del ser humano.
Algo que podría explicar más lo que pasaba cuando el Gran Gurú daba sus conferencias, es que el tiempo corría mientas nosotros los asistentes nos envolvíamos en su magia humana y divina, lo que al final de cuentas daba por resultado que la audiencia no se movía hasta que él finalizara sus magistrales conferencias, llenas de sorpresas y más sorpresas.

11 de agosto del 2008

HG Javier Eugenio Ferrara
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El peregrinaje de un Gurú No. 2

Inicia un proceso de congruencia consciente

Desde el día en que mi Maestro me dijo que llegaría a ser un Gurú, esa escena, ese mensaje y todo lo que aquello implicaba quedaron como un impacto muy intenso en mi interior. Era difícil de creer; por suerte ese pensamiento solo duró unos días, porque mi ego realizó un ocultamiento; después lo comprendí. Me protegió para no sentir el vértigo que involucraba tal vaticinio; aparecieron a mi favor esos mecanismos, llamados de defensa.
Con el tiempo comprendí que esos mecanismos internos del ego me resguardaron de un reto fuera de tiempo, que habría significado desconectarme de la realidad del presente que estaba viviendo. En política se dice: “Si quieres “quemar” a un candidato, destápalo antes de tiempo”.
Con la psicología lo entendí después. Cuando una realidad nos transmite mensajes que rebasan las posibilidades de asimilación de nuestro ego, cuando los acontecimientos nos abruman como una amenaza, sea en un sentido constructivo o destructivo, esa experiencia se torna disfuncional, se desliga del comportamiento cotidiano de la persona, se hunde en el inconsciente.

En este caso, ese ocultamiento tenía dos justificaciones de protección: por un lado evitar agigantar mi ego a niveles insostenibles por la percepción que yo pudiera generar como expectativas de mí mismo, por otro, previno que cayera en un abismo de impotencia y depresión. Ambos síntomas podían tomar un giro esquizofrénico o manifestarse como otras tantas enfermedades de la psique.
Después de aquel evento, que llamé “El primer aviso”, en pocos días ya no recordaba el asunto, y cuando alguien me lo recordaba de alguna forma, mi respuesta eran guardar silencio o cambiar de tema, puesto que me molestaba hablar de aquello. Cualquier cosa que comentara al respecto, se me hacía fuera de lugar, me sentía incapaz de sostener una cuestión que se había convertido en un tabú en mi cabeza, de modo que prefería evadirla.

Durante mi estancia en Torreón como misionero del Aquarius, adquirí algunas habilidades dando una o dos charlas semanales abiertas al público, durante más de dos años. En esas conferencias hablaba de lo que sabía y hasta de lo que no sabía, pero con la motivación que sentía era fácil asociar ideas en el momento de la alocución. Me sentía capaz de lanzarme al ruedo, y ya dentro, era inclusive excitante buscar respuestas y asociaciones dentro de mí mismo.

La lectura de las obras del MSMA Dr. Serge Raynaud de la Ferriére, sus libros y las circulares dirigidas a sus discípulos fueron mi alimento permanente. Las grabaciones que tenía de mi Maestro, el Dr. José Manuel Estrada, sus diferentes escritos, eran también la inspiración viva que me impulsaba.
La práctica cotidiana y sin excepción del Antenaje era la conexión diaria con el proyecto de vida que sentía desde lo más profundo de mi Ser. Seguir el Sendero mostrado por mi Maestro era una necesidad diaria y familiar.
Pero debo decir que la imagen de ese futuro Gurú afortunadamente no aparecía, o si lo hacía, la ignoraba por ser un fantasma creado por mí mismo; así lo traté y le puse ese nombre por muchos años: “un fantasma sin importancia”.
Las conferencias que había escuchado en vivo de mi Maestro: “Qué le pasa al hombre después de la muerte”, “El fin del mundo. La historia de la humanidad vista por la Astrología”, “El Quinto Reino Universal”, “Iniciación y Religión”, eran las que según yo mejor me salían, a juzgar por la respuesta del público.
Con solo el recuerdo de su figura y la forma en que hablaba, con esa contundencia tan característica de él, sentía que podía solventar las preguntas e inquietudes de quienes asistían a las charlas.
Me parecía ver el agitar de su capa, era como si tuviera ante mí sus gestos, su gallardía, su porte profético, su fino sentido del humor, su incomparable lucidez. Todo ello me deba seguridad, una asombrosa convicción personal.

Sentía a mi Maestro como una parte de mí mismo y entre más grandes parecían los retos, más lo buscaba dentro de mi ser. Su congruencia y el compromiso de mi parte de que lo seguiría, fueron y siguen siendo puntos que he integrado a mi propia manera de manifestar mis experiencias en las charlas, en mi vida cotidiana y en mis diálogos internos.
“Sin querer queriendo”, como dice el famoso personaje de televisión, al representar a mi Maestro, a su Tradición, al conectarme con él por una profunda necesidad de justificar mi proceso y forma de vida, se fueron haciendo conscientes en mí un legado, un linaje vivo, que me convertían en un eslabón más, pero de algo que salía de mí y era creado en ese momento y circunstancias, sin que el personaje del Gurú, que era una figura estereotipada y del pasado o del futuro lejano, apareciera.

La forma de conexión que crecía en mi conciencia tenía su contraparte en el hecho de que me molestaba cuando alguien insinuaba que yo era un Maestro, o yo llegaba a generar esa imagen por cualquier circunstancia.
Con el tiempo esto lo viví con indiferencia, especialmente en mi propia soledad y en mis diálogos internos, en los que me repetía: “Tú eres quien eres, no lo que te dicen que eres. Olvídate de grados y cosas de esas, no te enredes como muchos lo han hecho, porque si te vas por ese camino, ahí están los resultados en tales y tales hermanos”. Encontré que mi mejor alimento estaba en el presente que se descubría ante mí y desde mí mismo y no desde las expectativas de los demás, incluyendo las de mi Maestro o las mías propias.

En aquella época vivía muy intensamente la búsqueda de un ideal romántico, donde las expectativas de la aparición del Quinto Reino Universal en la humanidad consistían en trabajar y transformar a la humanidad, incluyéndome a mí mismo por supuesto. Recuerdo que ese romanticismo lleno de ideales fue cambiando, mejor dicho, aterrizando, a medida que la relación Maestro-Discípulo se intensificaba.
El Maestro empezó a darme forma como discípulo, a quitarme lo me sobraba y a despertar lo que me faltaba. Esas vivencias formaban un contraste entre lo romántico y lo real, donde ya no eran simplemente ideas y buenas intenciones lo que me movía, sino conmociones que modificaban las percepciones de mi vida, estableciendo los nuevos valores, que se transmiten como tradición oral, de Maestro a Discípulo por un presente compartido.
De este tipo de experiencias quiero mencionar tres, que por cierto se dieron en un solo día. Las comparto con algunos comentarios internos, porque éstas en especial me dejaron gran riqueza y crecimiento.
En una de sus tres visitas a Torreón, cuando misionaba en esa ciudad, habíamos organizado una conferencia magistral para el Gran Gurú en un auditorio del Tecnológico de la Laguna. La publicidad había sido muy insistente en la radio, prensa y televisión; queríamos que todos supieran de su paso por esa ciudad.

El día mismo de la conferencia, fuimos a promocionarla en un programa de entrevistas de la televisión local. Llegamos al canal, pero nos informaron que estaban cambiando la programación, que emitirían un documental sobre animales porque el entrevistador había salido de la ciudad repentinamente. Al escuchar esto, el Maestro le comentó al productor del programa: “Y podría ser mi discípulo quien me entreviste. Mire, viene muy guapo… con traje y hasta con corbata”, comentario que me hizo sonrojar y guardar silencio. Al productor se le dio por rascarse la cabeza y decir: “Espéreme un momento”. De vuelta, nos dijo: “Está bien, lo propuse a los jefes y están de acuerdo”.

“Luces, cámara, ¡iniciamos!” se escuchó detrás de las tres cámaras que nos enfocaban en el estudio de grabación. Así comenzó la entrevista que le hacía personalmente a mi Maestro, durante media hora y con solo dos cortes comerciales. Al finalizar la entrevista, el Maestro y el Reverendo Carlota me felicitaron. Sentí que había pasado la prueba inesperada con fluidez, pero no sabía lo que me esperaba esa misma noche…

Al llegar al auditorio, éste ya estaba repleto, con más de 400 personas sentadas. Acompañé al Maestro hacia las primeras butacas y entonces se me ocurrió plantearle un detallito que correspondía: “Maestro, aquí está el Muy Respetable Getuls Gabriel Navarro; como mayor en grado, le corresponde a él presentarle. Le indicaré que venga”, a lo que el Maestro respondió con enojo, mirándome a los ojos: “¿Y para qué lo quiero a él, si usted esta aquí enfrente de mí?”.
Me quedé desubicado; yo pensé que estaba haciendo lo correcto. Ante ese regaño, mi única respuesta fue: “Maestro, ¿cómo quiere hacer la presentación?”. Entonces me replicó con más determinación: “¿Tiene usted miedo de hacerlo o qué?”.

Me quedé helado ante la confrontación brutal que me estaba haciendo. La magia del momento se me perdió, todo había cambiado y me sentía fuera de lugar, sin embargo pude decirle: “Yo lo presento, si así lo desea”. Y no conforme con lo sucedido, un poco antes de subirme al escenario, me llamó. Pidiéndome que me agachara para decirme algo, me reiteró: “¿Tienes miedo?”.
Subí entonces solo al escenario del gran auditorio y observé cómo mi Maestro se sentaba directamente enfrente de mí. Me miraba expectante y con una sonrisa irónica. Su cara no cambiaba, y me ponía realmente nervioso si le veía, por lo que intenté enfocar mi atención en el público.
Al ver a la gente expectante, algo inusitado en mi cuerpo empezó a trabar la posibilidad de articular mis primeras palabras y hasta de realizar gestos con mis manos; me sentía congelado y atorado. Simplemente no tenía posibilidad de articular palabra alguna, todas se trababan en mi garganta, sentía que mis intentos se frustraban a sí mismos.
El público empezó a involucrarse conmigo al ver mi impotencia, algunos empezaron a realizar movimientos con sus manos, a esbozar algunas sonrisas, como un estímulo para que yo pudiera empezar. El solo verles me paralizaba aún más y me incapacitaba para articular mis ideas, para dejar aflorar las palabras.
Cerré los ojos, tomé aire, no mire a persona alguna, menos a mi Maestro, y en un instante salió de mí un torrente de confianza, una gran explosión, sacando fuerzas de no sé dónde, y con voz fuerte y determinada inicié diciendo: “Buenas noches, apreciable público, bienvenidos. A nombre de la Gran Fraternidad Universal les damos la más cordial bienvenida. Esta noche les quiero presentar a mi Maestro, el Gran Gurú Dr. José Manuel Estrada, primer discípulo y heredero del patrimonio espiritual de la Sagrada Tradición Iniciática, de su Maestro, el Muy Sublime Maestre Avatar Dr. Serge Raynaud de la Ferriére, quien es el Cristo de la Nueva Era.
El Gran Gurú, Dr. José Manuel Estrada, ha alcanzado el más alto nivel de lo humano, el 7º Grado de Iniciación Real. En él verán la Luz que guía a la humanidad para estos tiempos…”.

Expresiones de ese tipo, superlativas para el público, pero reales para mí, surgieron como un borbotón, y así seguí por unos pocos minutos.
Terminé de presentarlo, y entonces me absorbió un silencio profundo. Miré al público, miré a mi Maestro, todo lo veía en cámara lenta. Los aplausos del público me despertaron del momentáneo trance. Vi rostros sonrientes, expresiones de aprobación, como si quisieran decirme algo, algo como: “¡Bravo, ya la hiciste muchacho!”.

Ese mensaje me resultaba ambivalente porque por un lado era un reconocimiento al esfuerzo de romper mis propias trabas, pero por otro, era como si me consideraran un bebé, al que aplaudían por dar sus primeros pasitos.
Esa sensación desapareció cuando bajé mi vista y vi a mi Maestro aplaudiendo, con una amplia sonrisa, haciendo puño con su mano y estirando el brazo, como diciendo “¡Adelante, ese es mi discípulo!”. No dejaba de aplaudir mientras subía al estrado; parándose a mi lado, continuó así hasta cuando bajé del escenario.

Había sido una vivencia inolvidable; el sudor frío y la inmovilidad, pero a la vez la confianza de expresar lo que representaba para mí mi Maestro. Muchos temores que había construido se diluyeron. Él tenía la razón, ¿a qué le tenía miedo? Esa experiencia se recrea aún en mí presente cuando me invade alguna incertidumbre. Vuelvo a ver su rostro, a escuchar su voz que me dice: “¿A qué le tienes miedo?”.

Esa noche, la conferencia de mi Maestro estuvo extraordinaria. Habló de la Nueva Era, de las Escuelas de Iniciación, de la GFU y de la importancia del Yoga y el vegetarianismo. El público se quedó como dos horas sentado, sin moverse. Al terminar, nos fuimos a cenar al hotel que está frente de la plaza principal de Torreón, donde él se hospedaba.
Estábamos como doce personas en las tres mesas que se juntaron. Pedimos de cenar; la mayoría optó por una bebida y un sándwich de queso derretido. Al Maestro le trajeron primero su sándwich. Súbitamente, antes de dar el primer corte a su sándwich, me miró seriamente y me dijo: “Usted se lo quiere comer, ¿verdad?”. “No, Maestro”, respondí. “Ese es el suyo, en un momento traen mi orden”. Entonces replicó con mayor énfasis: “¡No, usted quiere este sándwich!”.
Su comentario me puso tenso, como si hubiera sido el culpable de esa situación bochornosa, que atrajo la atención de todos los presentes, que guardaron silencio.
Volví a insistir: “No, Maestro, creo que hay un mal entendido, yo le veía a usted, no al sándwich”. Cambiando su semblante, con una expresión de un general dando órdenes, me dijo: “¡Se lo come, su Maestro le ordena que se lo coma!”. Balbuceé: “Ma…, Ma…, Maestro”.
Él no dio tregua: “¡Se lo come!”. Así acepté el plato de su mano, bajando la cabeza.

Recuerdo que partí el triangulo en dos, mientras los demás observaban con disimulo. Me llevé un trozo a la boca, pero simplemente no podía abrirla, menos producir saliva.
Mi tribulación fue aún mayor al sentir la mirada de mi Maestro, cayendo sobre mí como fuego. Pude empezar a morder el ingrato bocado, pero no llegaba a pasarlo por la garganta por la ausencia de saliva y la tensión en todo mi cuerpo. Sentía que me atragantaba. Nuestros acompañantes espectaban la rara escena sin opinar.

Escuché la voz de mi Maestro y levanté mi rostro. Su expresión era serena, entonces me dijo: “Perdóname, mi hijo. Tú como discípulo has cumplido, has hecho lo que te ordenó tu Maestro, pero yo como Maestro no he cumplido con mi trabajo. No debo imponerte nada, discúlpame”.
Si estaba presionado antes, ahora lo estaba más. Se me atoraron el queso y el pan, quería refundirme debajo de la mesa, me sentía muy mal, no entendía cómo todo había desembocado en esa situación; pero reaccioné con algo de aplomo, sacando fuerzas de flaquezas.
Ese día mi Maestro me dio la mejor lección de humildad, de humanidad, hizo que en mi mente colapsara la imagen estática que tenía de él, para dar paso a la del Iniciado, de aquel que cuando se equivoca pide disculpas. Punto. Si él lo hacía de manera tan excelsa, con tanta honestidad y sencillez, ¿por qué no habría de hacerlo yo?

Ese día viví tres experiencias excepcionales, intensas, que me sellaron internamente, mostrándome lo que puedo, lo que debo y lo que no debo hacer como Iniciado. El Maestro me estaba formando desde lo más adentro de mis huesos, sentimientos y pensamientos, revelándome la importancia de buscar una congruencia real y profunda. Además, dejándome percibir que él también continuaba Iniciándose, pese a que era un gran Maestro.

Mayo 16 del 2008

HG Javier Eugenio Ferrara
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El peregrinaje de un Gurú No. 1

El primer aviso

Desde hoy inicio una nueva serie de escritos, sin dejar de lado la serie de Sendas y Encuentros de un Gurú, con el propósito de compartir algunas de las experiencias, no solo de mi proceso antes de llegar a vivir como un Gurú, sino también para narrar mi actual etapa de vida: la de un peregrino. Intentaré describir mi peregrinaje interno, con sus vivencias y descubrimientos, recorriendo los caminos del mundo, en una total aventura existencial y del Ser.

La palabra Gurú, más que un concepto literal, es una expresión, es una forma de vida, “Aquel que disipa las tinieblas”. En esta etapa, mi oficio es, pues, disipar tinieblas, primeramente dejando aflorar aquellos aspectos disfuncionales de mi psique y de mi cuerpo, que ahora puedo descubrir más fácilmente por la intensidad de las experiencias y cambios que me deparan mis viajes, estímulos, rostros, historias, ambientes, culturas, comidas, situaciones inesperadas, etc.

El pasado aflora a mi consciente, me enriquece, y el presente me sigue nutriendo, permitiéndome colaborar en el proceso de cambio de las personas que confían en mí a lo largo del Camino, para que sean capaces de disipar también sus propias dudas, sus propias sombras.
Deseo narrar el entorno y la forma en que mi Padre Espiritual, el Sat Gurú José Manuel Estrada, decidió comunicarme “El primer aviso” de lo que hoy es mi realidad cotidiana, un nuevo ciclo de vida que se agrega a los anteriores y les va dando un sentido como un todo mas funcional, una razón de ser, pero ahora como conjunto, en un continuo enriquecimiento.

Este primer aviso empezó a gestarse en el año de 1977. Mi Maestro se encontraba promoviendo la V Conferencia Mundial por la Unidad del Hombre, que debía realizarse en ese mismo año en Barcelona, España, de la que sería su presidente. Con ese propósito se organizó, como parte de su gira promocional a nivel internacional, una visita al noreste de la República mexicana. En mi región me enteré de que se necesitaba alguien que llevara al Maestro de la ciudad de Torreón a Durango. Ni tarde ni perezoso, me ofrecí para hacerlo. Entonces yo portaba la honorificación de Gegnián (Simpatizante elevado al Colegio) y tenía tres años y medio de pertenecer a la GFU.

Durante el año anterior, en el verano de 1976, había recorrido varios países de Europa con mi honorificación de Medio Gegnián (Simpatizante Profano), en compañía de mi amigo, también Medio Gegnián, Antonio Escalante. Los dos habíamos descubierto la increíble libertad y el entusiasmo de sentirnos misioneros de la Era del Aquarius. Esa efervescencia interna de sabernos colaboradores de una Era de Luz, de una época de sabiduría y despertar de la humanidad, con el tiempo se fue convirtiendo en un plan que diseñé para convencer a mis padres de regresar a Europa.

Siendo francos, sí había un orden de importancia en las necesidades que se manifestaban en mi interior, la primera era convertirme en un misionero, la segunda era el encanto que experimentaba por las mujeres españolas. Por último, pero no menos importante, quería aprender de la cultura ibérica y europea, de donde provenían mis raíces familiares.
El planteamiento tomó forma, pero tenía que ser inteligente en su aplicación. Decidí que la prioridad era persuadir a mis padres. Primero les diría, que estaba por terminar mi Licenciatura en Administración de Empresas, y tenía 21 años de edad, en tales circunstancias, podía hacer un espacio entre el estudio y el ingreso a la vida profesional. La ventaja era que había hecho conexiones, amigos, producto de mi reciente viaje, lo cual constituía una oportunidad para conocer la cultura europea, sus costumbres, su idiosincrasia, su gente, etc.

Desarrollé una estrategia para mis padres, aunque en el fondo tenía claro para mí mismo, que el motor de la aventura era convertirme en un misionero de una GFU y de la naciente Suprema Orden del Acuarius. Sabía también que era mejor mencionar aquello como un asunto adicional si me lo preguntaban, como algo circunstancial, para no provocar un posible rechazo de parte de mis padres.

Mi plan funcionó, mis padres aprobaron el proyecto con la respectiva autorización para hacer la reservación del avión, más la promesa de entregarme el dinero para poder mantenerme los primeros tres o cuatro meses mientras me ambientaba.
Yo sabía que ellos pensaban que era la oportunidad para enderezar al hijo que andaba descarriado, jugando a ser idealista. Confiaban en que la cultura europea y la vida cruda y directa ampliarían mis criterios, olvidaría un poco mi fijación con el Yoga y la GFU.

Volviendo a mi relato del viaje en esta gira de mí Maestro. Al llegar a la ciudad de Torreón para encontrarlo iba solo en mi automóvil y sin saber la dirección del Instituto de Yoga, sorpresivamente, por una avenida que transitaba al azar, vi un pequeño letrero en la ventana de un segundo piso, con el anuncio GFU- Yoga.
Esa experiencia mágica de encontrar el lugar sin conocer la dirección exacta ya la había vivido en varias ocasiones durante el viaje Europa. Esas sorprendentes “casualidades” me recargaban el ánimo, pues comprobaba que las leyes del mentalismo aprendidas en la Escuela de Yamines funcionaban de maravilla, además de confirmar que en el Sendero de la Iniciación Real sucedían hechos absolutamente sorprendentes, sincrónicos, causales.

Llegué al Centro de Yoga como a las 17h00. El Maestro Estrada estaba conversando con un hermano Medio Gegnián, José Alfredo, el encargado de ayudar a promover las actividades de la Gran Fraternidad Universal en Torreón. Les saludé con un ceremonioso “¡PAX!”. El Maestro se levantó para estrechar mi mano. “Qué bueno que llegas, chico, porque estamos empezando a platicar de lo que vamos a hacer aquí en Torreón. Llegamos hace ya unas horas, fuimos directamente al hotel”.
Volviéndose al hermano, le preguntó: “A ver, hermano José Alfredo, ¿me puede informar qué ha hecho para que el Maestro promueva la V Conferencia por la Unidad del Hombre?”.
La respuesta de José Alfredo fue poco halagadora: “Maestro, no le echo mentiras, están por confirmarme el lugar, que es un salón de eventos para unas 100 o 150 personas. La publicidad no la he realizado porque no tengo la confirmación”. El Maestro, con tono un poco irónico, repuso: “Entonces, usted solicita que venga el Hermano Mayor, y él viene, pero usted sabe que el evento es mañana y todavía nadie conoce dónde será la conferencia, ni siquiera usted. Pues eso está muy interesante”. Continuó diciendo muy tranquilo: “Consígame el local, y no se preocupé, el Maestro va solucionar lo que usted no solucionó”. Al poco rato, José Alfredo volvió con noticias: “Ya está, sí tenemos el salón para la conferencia de mañana, Maestro”. El Hermano Mayor se dirigió a mí: “Javier, te vi llegar en automóvil, ¿puedes llevarnos a las oficinas de los periódicos, por favor? A ver cómo sacamos el buey de este atolladero”. Sonrió y se rascó la cabeza. “Prepárate Carlota, que vamos a salir. Ponte guapa, ponte tus tacones altos, que vamos como a una fiesta de gala”.

Ya casi oscurecía para cuando llegamos al periódico “El Siglo de Torreón”. El Maestro y el Reverendo Gagpa Carlota lucían sus impecables capas. Antes de bajarnos del auto nos dijo: “No pierdan detalle, a ver si aprenden algo”. El Maestro se adelantó. Al llegar frente a la secretaria de la recepción, quien se puso de pie, con ojos de asombro al ver a ese hombre con extrañas vestiduras y elegante presencia, le dijo en tono gentil: “¿En qué le puedo servir, señor?”. Con voz dulce y una sonrisa muy amable, él respondió: “Mire, señorita, soy el Gran Gurú José Manuel Estrada y estoy por dar una conferencia mañana, aquí en Torreón. Vengo en una misión para la reeducación humana y estoy promoviendo la V Conferencia Mundial por la Unidad del Hombre, que se celebrará en Barcelona, España. Me gustaría hablar con el director del periódico”. “Déjeme ver”, fue la inmediata respuesta. Presurosa, la mujer se encaminó por un pasillo. Mientras esperábamos, todas las personas de la redacción dejaron de repente de escribir. El momentáneo silencio se rompió con la voz de la señorita: “Pase usted, el director lo recibirá en su despacho”. El Maestro habló con aquel hombre, quien le ofreció una entrevista, mientras le tomaban fotos. Semejante respuesta se repitió con el diario “La Opinión”. Tenía razón, había que aprender a solucionar los problemas, sin atorarse con ellos. “Partió plaza”, como dicen los toreros, y consiguió que ambos periódicos publicaran en la primera plana de sociales una entrevista con sus respectivas fotos. El resultado: una conferencia con más de 150 personas.

Después de la Ceremonia Cósmica, a la siguiente mañana, después del desayuno, el Reverendo Carlota se fue a dar un curso de cocina vegetariana, como era su costumbre cuando llegaba a cualquier lugar. José Alfredo y Candelaria, su pareja, junto con su hijo Alpherat, se habían marchado, de modo que me quedé a solas con mi Maestro.
Fui al auto por mi devocionario, con la idea de pedirle ayuda al Maestro. Me acerqué a preguntarle si tenía un tiempito, pues en ese momento leía el periódico; su respuesta fue positiva. Le pedí que me lo corrigiera si había algo incorrecto. Sin embargo, él me dijo: ”Prefiero darle las instrucciones cuando le vea cómo lo hace”. Así tuve la enorme fortuna de que me brindara más de una hora para instruirme personalmente sobre el tema, con el que desde mis inicios me había identificado, lo devocional. Me dedicó mi devocionario con una frase que he leído y releído en más de 30 años: “Para mi Discípulo, el Gegnián Javier Ferrara, con mi deseo para que descubra la Luz del 7º Rayo, el del Ceremonial. Con mi Bendición, Gran Gurú José Manuel Estrada.

La circunstancia era excepcional, de modo que quise aprovecharla al máximo:
- Maestro, quiero platicarle de unos planes misionales que tengo para después de la V Conferencia en Barcelona, ¿me lo permite?
- Soy todo oídos.
- El año pasado, cuando aún era Medio Gegnián, estuve viajando con otro hermano Medio Gegnián por España y otros países de Europa, con él conocimos a los Yamines de Madrid, Granada y Barcelona, y la verdad es que yo quisiera misionar por Europa unos años, sosteniéndome a mí mismo. Como usted es mi Maestro, le pido que me oriente si eso es lo que necesito en mi Sendero.
Rascándose la cabeza, mirándome con mucha perspicacia, me dijo: - ¿Me estás avisando o le estás pidiendo orientación al Maestro?
- Usted es mi Maestro y yo le estoy pidiendo que me oriente, porque usted sabe más que yo lo que necesito en el Sendero.
Él insistió: ¿Me estás avisando o estás esperando la enseñanza del Maestro?
- Aceptaré lo que usted me diga.
Entonces cambió su tono de voz, hablando más pausadamente, como distraído, con el gesto tan suyo de rascarse la cabeza, continuó sin dejar de mirarme fijamente: - Pues mira, yo veo que se necesita alguien aquí para levantar esto, lo de Europa que ellos lo solucionen, pero claro, tú ya tienes hechos tus planes y yo no quiero echarlos a perder…
- Me quedo en Torreón, Maestro, no necesita decir más.
Concluyó: - Bueno, parece que cuento con un discípulo que cree en su Maestro. Así, mi hijo, yo también tuve que seguir las orientaciones de mi Maestro, el Muy Sublime Maestre. Escúchame bien, nada te faltará.
Diciendo esto se puso de pie. Yo simplemente me quedé sentado, asimilando lo que estaba sucediendo al ponerme a la disposición de quien era mi Padre Espiritual. Sentía que había aceptado mi primer encomienda como discípulo, ya no era simplemente un simpatizante, como nunca estaba jugando mi vida por la Misión de mi Maestro; era mi oportunidad de confirmar mi fe en él.

Cuando regresé a Monterrey, después de la gira, hablé con mis padres. Les expliqué que había decidido no viajar a Europa, que iría más bien a Torreón, ciudad agrícola ubicada a tres horas de Monterrey, a abrir un centro de la GFU. Recuerdo que mi padre solo exclamó: “Ahora sí confirmo mi teoría, estás muy caprichoso y se te están aflojando los tornillos desde que entraste a la GFU. Pero recuerda, es tu vida con la que andas jugando”. Una semana después me despedí de ellos. Con dos maletas de ropa salí en mi auto. Tenía muchas ilusiones y en mis bolsillos el equivalente a unos 150 dólares, que me permitirían empezar una vida independiente e iniciar mi trabajo misional.

Luego de un año de estar misionando en Torreón, en una visita al Ashram de Cuautla para convivir con mi Maestro, como a media mañana, nos encontrábamos en el área del comedor, al lado del río, unas diez personas; entre ellas el hoy Muy Reverendo Gelong Fernando Castañeda. Todos escuchábamos absortos, envueltos en una atmósfera mágica, mientras el Maestro nos narraba algunas anécdotas con su Muy Sublime Maestre. Súbitamente, el Maestro cambió de tema y empezó a pensar como en voz alta: “Bueno yo he estado pensando que necesito a un discípulo, pero que pueda confiar plenamente en él, que esté dispuesto a salir al extranjero y dejar atrás muchas cosas que le gustan, que sepa ser honesto y humilde, que sea un buen discípulo, porque deberá respetar las orientaciones de su Maestro. Lo necesito para que vaya para Chile, en Sudamérica”. Entonces volteándose hacia mí, señalándome con su índice, elevó su voz: “Y ese eres tú…”.

Me estaba señalando a mí, sí, a mí. Recuerdo que el tiempo se detuvo en mi conciencia; su mirada y las palabras expresadas en la forma y contenido se repetían en mi cabeza, sentía que su dedo no dejaba de señalarme. No sentía la respiración, estaba como congelado, no había energía en mi cuerpo. Me quedé callado y no dije nada, más bien porque no podía articular palabra alguna. Estaba realmente con el pensamiento en blanco, tratando de reponerme de ese impacto brutal.

Inmediatamente después de dejarme así, se puso de pie y se marchó. Transcurridos unos 15 minutos y luego de escuchar algunos comentarios de compañeros que pasaban junto a la estatua en que me había convertido, me decían: “Qué buena onda, el Maestro te tiene mucha confianza”, y cosas por el estilo, lo cual no me interesaba en lo más mínimo, mi problema era otro, conectarme conmigo mismo.
Al ir recuperando el contacto con la realidad, algo me impulso a ir y tocar la puerta del cuarto de mi Maestro; tenía que entender lo sucedido.
- Cuando abrió, le dije: “¿Me puede dedicar unos minutos?, por favor”.
Respondió con naturalidad: - “Sí, claro, mijo, vámonos por allá, para el santuario”.
Al llegar detrás del santuario, inició el diálogo: - ¿Para qué soy bueno?, mijo.
Tratando de hacerme el tranquilo le dije: - Maestro, ¿por qué me ha dicho todo eso?, no sé por qué me lo dice, yo no me veo así. Pero sobre lo de la ida a Chile, cuente conmigo, usted me dice, usted es mi Maestro.
Cambiando su tono de voz, con suavidad y amor me dijo: - Hijo, el Maestro conoce que tú tienes una misión que cumplir, una Luz especial que me ha llamado la atención desde el día en que te conocí. Tú todavía no te das cuenta de ella, pero yo sí. Llegará el momento en que sabrás por qué te lo he dicho, llegarás a ser un Gurú; pero todo a su tiempo. El discípulo puede olvidar al Maestro, pero el Maestro sabe quiénes realmente son sus discípulos. Sigue en Torreón, yo te diré cuándo te necesito en Chile.
Hizo un espacio y al sentir el silencio, preguntó con ganas de terminar: - ¿Algo más?”.
Sin salir de mi asombro, avancé a responder: - Maestro, yo sé que no es la primera vez que vengo siguiendo sus pasos, pero ¡qué paquete me está dejando¡ ¿Cómo lo agarro? Yo no veo en mí lo que usted ve.
Con voz de padre comprensivo me expresó: - Ya te dije, sigue trabajando; todo ocurrirá a su tiempo. ¡Venga un apretón de manos y un abrazo¡. El apretón de manos y el abrazo entre Maestro y discípulo sellaron el pacto espiritual; a partir de ese momento habría de transformarse mi vida para siempre…
Ese día quedó abierta una incógnita, que por muchos años no compartí con otra persona. Sabía que tenía que dejar esa sentencia en la incubadora del tiempo, sin prestarle mucha atención, porque sabía que ese traje no me quedaba; si me lo ponía antes de tiempo, me vería ridículo, y tampoco sabía con certeza inclusive si ese día llegaría.
Solo me quedé tranquilo cuando me dije; Este, es simplemente un asunto para otra ocasión y lo mas cierto en ese momento y lugar, era mi propia duda, pero de mi mismo…

Abril 23 del 2008

HG Javier Eugenio Ferrara
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Sendas y encuentros de un Gurú No. 5

Navidad en el Ashram de Cuautla

A esa navidad seguía faltándole el ingrediente principal: la presencia del Maestro José Manuel Estrada. Su llegada, que se hacía cada vez más expectante para todos los que estábamos en el Ashram de Cuautla. Ese domingo, el 22 de diciembre de 1974, alrededor de las 16h00, empezó a correr la voz por todo el ashram: “¡Ya llegó el Maestro, ya llegó el Maestro!”, cuando alguien se dio cuenta de que el automóvil que lo traía estaba llegando. Efectivamente, era él, acompañado de su inseparable discípula y esposa, el Reverendo Carlota Castañeda. Como si fueran a recibir grandes premios o regalos, todos los presentes en el ashram corrieron a recibirle y saludarle en la entrada, ya fuera en traje de baño o como anduvieran. Empezaba la fiesta en el ashram y en el corazón de todos.

El Maestro se detuvo en el pórtico de ingreso mostrando en todo momento su incomparable sonrisa y alegría. Bromeaba con algunos, calificaba con apodos y ademanes a otros. Casi podría asegurar que saludó a todos con un abrazo y un apretón de manos.Después de más media hora de convivencia en la recepción, se fue a su cuarto. Era un cuarto sencillo pero cómodo, el mejor del ashram; estaba pegado al comedor y a la cocina, donde casi todo el día había movimiento, ruidos y algarabía.Un poco más tarde, alguien me dijo que llevarían al Maestro como a las 19h00 a comer helados. Aun cuando no conocía en confianza a los asistentes al ashram, investigué y por fin conseguí un lugar en un auto de la comitiva. En total éramos como veinte personas, en cuatro autos.

El Maestro Estrada pidió un helado de limón, que disfrutaba inmensamente, mientras todo el grupo departía como en una gran fiesta, llena de anécdotas iniciáticas, risas y mucha alegría, que se extendió por casi dos horas.

Al día siguiente, lunes, me desperté como a las 05h30, todavía entre la oscuridad de la noche, salvo la luz de algunos focos distantes. Me dirigí a cruzar el puente del río, en donde, de pronto, escuche chapoteos. Me acerqué con curiosidad… Para mi sorpresa, una viejecita se sumergía una y otra vez feliz en el agua, con su vestido y blusa, exhibiendo su pelo cano.Rodeé el jardín para estar cerca de ella y me nació saludarla: “¡Pax, hermana, buenos días!”; ella me respondió de la misma manera: “¡Pax, hermanito¡ Qué milagrosa es esta agua; me pone muy feliz, me abraza y yo la abrazo a ella. ¡Está bien sabrosa! Mira, fíjate, en el cielo, Venus y la Luna están en cuadratura, pero mañana habrá un trígono entre la Luna y Sol y a su vez el Sol estará en conjunción con Mercurio, o sea que algunas cositas de las emociones podrían alborotarse un poco, pero con buena actitud, se pueden comunicar bien. ¿Te fijas? Por un lado se ponen duras las cosas, pero por el otro, siempre se pueden solucionar”.

Tan pronto como terminó su sorpresiva narración, volvió a dejar caer su cuerpo de un sentón en el río y como una niña empezó a patalear en el agua que se acumulaba en la represa, formando una pequeña piscina. Su improvisada explicación astrológica me dejó sorprendido, medio aturdido, sobre todo por la hora, el lugar, y las circunstancias en que ocurrió. Como resultado de lo que vi y escuché, me dije a mí mismo: “Si así son los Getuls de vitales y sabios de viejitos, ¡qué maravilla! ¡Yo quiero llegar a ser así!”. Definitivamente, los Iniciados no son convencionales, van más allá, debo agregar ahora.

Al preguntar sobre ella, supe que se llamaba Maurita y que tenía el grado de Getuls. Era muy conocida entre los Getuls porque casi podía diariamente precisar dónde estaba cada planeta en el cielo. Maurita era una mujer de extracción humilde y trabajaba en un mercado vendiendo frutas y verduras. De las pocas veces que la volví a ver, la recuerdo bella, radiante, contándonos poesías con sus ojos luminosos y alegres.Con el tiempo la conocí mejor, y supe algo que me dejó una honda huella, como un valor en la Iniciación. Al notar que ya no asistía por un tiempo a su Escuela Iniciática, la empezaron a extrañar. Se nombró una comisión para que la visitara. La encontraron solita en su cuarto, postrada en su cama sencilla, sin recursos económicos. Al saber de su situación, sus amigos y compañeros Getuls hicieron una colecta para aliviar en algo su penosa situación.

Cuando volvieron para entregarle la colecta, su respuesta fue una sorpresa para todos. Postrada y enferma les dijo: “Les agradezco que se preocupen por mí, mis hermanos Getuls, pero mejor con ese dinerito quiero pagar las cuotas que debo a mi Escuela Iniciática. Entonces estaré más en paz, muchas gracias”. Me conmovió el relato por el profundo sentido de lealtad de un Getuls a su Escuela de Iniciación, por la formación interna que había recibido esa discípula del Hermano Mayor.

La gimnasia empezó a las 06h00 en punto. La música de los pájaros empezaba a sonar y los despuntes del alba anunciaban el nuevo día, llenando la atmósfera del ashram. Más de 40 personas hacían la gimnasia, en una especie de danza, acompañada del rítmico “aire, fuera, aire, fuera, cambio” que marcaba animadamente un señor mayor, como de unos 50 años.Después de la gimnasia, corrí al río a bañarme, viviendo todavía la motivación de la Getuls Maurita. Luego fui a las regaderas, con lo cual estaba listo para participar de la Ceremonia Cósmica celebrada por el Maestro, que todos esperábamos a las 07h00. Sin embargo, nos explicaron que en su grado de Sat Arhat ya vivía la etapa de Vyutana, lo que le permitía realizar la Ceremonia Cósmica en otros horarios, pero siempre antes de mediodía. Se anunció entonces que el ritual sería a las 10h00.
Me quedé por ahí contemplando el río pasar, disfrutando con los destellos de luz. Como a las 07h30, observé al Maestro Estrada caminando por el jardín silenciosamente. Vestía su traje de Iniciado, pero sin su capa. Caminando y haciendo altos, contemplaba, abstraído, las flores del ashram, las acariciaba. Al acercarme le oí decir: “¡Pero qué bonita, qué bonita eres! Al acercarme más, volteó, mirándome de reojo, entonces le pregunté: ¿Qué ve en las flores, Maestro?”. “Mira, mijo, dijo con dulzura, las flores entienden algunos lenguajes, pero ellas te hablan en su lenguaje. Si tú lo captas, puedes conversar con ellas, aunque la gente te diga que estás loco. A mí me consta que uno sí puede comunicarse con ellas; por cierto, yo soy uno de esos locos que lo hace”. Sonreí ampliamente. Hablaba con tal seguridad que me convenció. Y continuó: “Cada una tiene algo diferente; obsérvalas y sentirás que te hablan de sí mismas como criaturas del reino vegetal y también como parte de la omnipresencia divina”.

Me impactó de tal manera esa respuesta, que me supo a poesía. Al verle tan en contacto, en ese diálogo íntimo con las flores, ya no pregunté más y me alejé. Pero seguí sintiendo esa inquietud, al punto que decidí intentar hablar con las flores por mi cuenta, pero en un lugar donde nadie me observara. Al hacerlo, me fui dando cuenta de que estaba usando más mi propia imaginación y no un lenguaje sensorio y real, como lo percibía en el Maestro. Desde entonces, la imagen de mi Maestro viendo las flores del ashram ha dejado en mí la necesidad de reconocer la expresión de las flores a lo largo de mi vida, y creo que voy avanzando.

Eran las 09h15 y ya empezaba a llegar gente al santuario. Observar al Maestro acomodando los elementos de su altar era un auténtico deleite, un espectáculo digno de verse. Todo lo hacía con especial cuidado y mística. Observé que a su lado estaba sin despegársele un Getuls. Era de edad avanzada, un tantito gordo. Parecía como muy callado y serio, casi como un soldado a las órdenes de un general. Se trataba del Getuls Felipe Paredes, que le ayudaba en todo al Maestro. Ya cuando arregló todo lo de su altar, no dejé pasar la oportunidad para inventar una pregunta de lo primero que se me ocurriera, para tener la excusa de saludarle. Cuando iba saliendo del santuario, le abordé: “¿Por qué se tienen las fotos de los Maestros lunares al fondo del santuario, junto con la de usted y la del Maestre?”. “Mira chico, dijo con su potente voz, el Maestre tuvo cuatro discípulos principales, uno que es tu servidor y que estás viendo y otros dos que llegaron a Sat Arhat, reconocidos por él. Ahí los ves, son los Venerables Sat Arhats Juan Víctor Mejías y Alfonso Gil Colmenares, hay otro, Pacheco, el primer Anciano del Ashram del Limón, pero llegó solo a Getuls, por eso no esta en este lugar especial”. Yo proseguí: “Entiendo que son importantes el Maestro Mejías y el Maestro Gil, pero porque deben de estar en el santuario”. “Tú eres Yamín, repuso, entonces tú debes tratarles con sus grados, debes referirte a ellos como los Venerables Sat Arhats, pero yo les puedo tutear inclusive, pero a ti no te toca eso. Por cierto, tu pregunta me da pie para decirte que si ponen al Muy Sublime Maestre y a mí en algún lugar, yo he enseñado a mis discípulos a que pongan también a los otros dos, aunque ellos a mí me quitaron de todos lados. El Hermano Mayor viene trayendo una enseñanza justa y respetuosa para todos, hay que tratarnos como Iniciados y no como enemigos. Precisamente por lo que te acabo de decir están ahí, ellos a la izquierda de mi Muy Sublime Maestre y yo a su derecha. A mí me ha tocado ser su mano derecha en la Misión. Pero hay algunos que me colocan debajo de él, porque a mí me ha tocado cargar el peso de la Misión de mi Maestro”.

Regresó a los pocos minutos de su cuarto llevando la capa de Templario. Pasó al cuartito donde se cambiaba dentro del santuario y la dejó ahí.El lugar estaba totalmente lleno, había más de 200 personas. La mayoría platicaba con una algarabía ensordecedora, hasta que alguien anunció: “Hacemos un círculo, alternando un hombre y una mujer, y ya teniendo el círculo hacemos una cadena con el brazo derecho sobre el izquierdo”. Se formaron como cuatro o cinco círculos en todo el santuario. Para mí fue nuevo ver a algunos adultos ayudando a más de una decena de niños y niñas a formar un pequeño círculo en el centro de todos, aunque algunos estuvieran con ropa normal y otros con su traje de baño mojado.

Ya todo listo, el Maestro Estrada inició la Ceremonia Cósmica con su clásica introducción. En esa ocasión, y a medida que transcurría el acto, todo parecía aumentar el ambiente místico, pero también los empujoncitos, el calor, el ingreso de más gente aunque el lugar no daba para una sola más. La ventilación se hacía cada vez más escasa porque muchos de los que no podían entrar tapaban las ventanas al asomarse por ellas. No era tan fácil concentrarse, pero nadie quería dejar el lugar, excepto los niños, que querían volver a jugar en los jardines o a nadar al río.
Al terminar la Ceremonia, el Maestro anunció que los que quisieran podían pasar al frente a recibir la bendición, enfatizando que no era obligatorio hacerlo. Tardó casi una hora en dar la bendición a todos los presentes. Al terminar, impartió su enseñanza a manera de estudio. Nos habló de la Agartha Shanga y su significado. Dijo que se trataba de una asamblea de sabios, que nadie sabía dónde se reúnen, pero que a ellos les tocaba equilibrar la fuerza planetaria. Aseguró que al ser miembro de esa Fraternidad Blanca, uno estaba cumpliendo una misión muy importante, pero que muy pocos la conocían. Se refirió a la noche de Navidad que estábamos a punto de celebrar, mencionando que existen algunos significados. “La Navidad es la noche más larga del año; es cuando la luz empieza a aumentar su luminosidad y los días se van haciendo más largos. Y continuó: “Es el día del Getuls, del novicio, de aquel que agarra la empuñadura de la espada, aprende a dominar los coletazos de las serpientes. Una de esas fuerzas es el dinero y la otra simboliza el sexo; ambas son las principales pruebas de un discípulo. En el camino de la Iniciación, al candidato se le prueba constantemente para ver la altura espiritual que tiene, a ver si ha entendido la Leyes del Sendero y ha asimilado su verdadera Misión. Serán probados una y mil veces, pero solo el que venciere hasta el fin podrá sentarse a la diestra de Dios Padre. Así es el Sendero, es de pruebas, pero de altas realizaciones”.

Miré a mi rededor. Todos los ojos se posaban atentamente sobre la figura sencilla y a la vez enigmática del Venerable Maestro, que continuó: “El Sendero no es un juego, es algo que hay que tomar muy en serio, porque con las Leyes de Papa Dios no se juega. Dios es un conjunto de leyes en virtud de las cuales existe todo lo que vemos y palpamos y lo que no vemos y no palpamos; esa es la Ley”, remarcó.

De esa ocasión tan especial y con el ambiente festivo y místico en todo el ashram, especialmente en el estudio después de la Ceremonia, el Maestro nos compartió frases y contenidos tan intensos, que pienso que con solo alguna o algunas frases hubiera sido suficiente para llenarnos. Matizaba su exposición con anécdotas graciosas y hasta cómicas, contestaba todas las preguntas como si fuera la primera vez que se las hicieran, o como si hubiera preparado las respuestas con mucha precisión y contundencia, al punto que resultaba imposible refutarle o corregirle.
Nos hacía sentir a todos la seguridad de que estábamos en el camino correcto para crecer y ser mejores seres humanos, para ser discípulos del Sendero Crístico. Pero no solo nos lo decía o expresaba con palabras, su ejemplo constituía la confirmación plena de sus enseñanzas. Para nosotros era suficiente con su presencia, con simplemente verle sabíamos que encarnaba la sabiduría, el Sendero Crístico. Y si hubiéramos tenido que prescindir de todo aquello, sabíamos que teníamos ante nosotros al ser humano sabio, al hombre feliz.

28 de enero del 2008

HG Javier Eugenio Ferrara
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sábado 22 de noviembre de 2008

Sendas y encuentros de un Gurú No. 4

Inicio en Yamines y mi primer experiencia en un Ashram

A los pocos días del torbellino de experiencias que me seguían dando vueltas en torno a mi encuentro con mi Padre Espiritual, el Maestro Estrada, recibí una carta formal de invitación para ingresar a la Escuela de Yamines para ese 22 de Septiembre, en 1974. La carta personalizada resaltaba que solo dos veces al año, en los equinoccios, se abrían las Escuelas de Iniciación para los Neófitos y para ser elegidos en tan alta distinción, necesitábamos 6 meses, ni un día menos, de las disciplinas de vegetarianismo, no drogas, no licor, no café y de baño de agua natural y para hacerla mas interesante, mencionaba que el contenido de la misiva era secreto, por lo que no podía comentarla con nadie.

La carta representó mucho en ese momento, por fin pisaría el primer peldaño del Sendero Iniciático, el que había decidido seguir de acuerdo a las enseñanzas de mi Maestro. Ese día que recibí la carta, la leí como 10 veces y cada vez sentía una Luz y Felicidad que se me irradiaba por todos los poros.

Llegó el domingo 22 de Septiembre, el tan esperado equinoccio de otoño, el día indicado por los movimientos de los astros en que se abrirían las puertas de las Escuelas de los Misterios de la Iniciación solo para los elegidos, ahora podría portar un botón, sería ya un Iniciado, sería un Yamín.

La cita era a las 7:00 AM, pero la mayoría de los más de 30 convocados llegamos desde antes de las 6:30 AM a la Casa Sede. Entre los presentes se apreciaban un cúmulo de emociones y nervios que no aguantábamos, todos nos movíamos, nos mirábamos o hacíamos comentarios sobre el como habíamos vivido la paso del Maestro Estrada y lo que representaba entrar a una Escuela de Iniciación.

Con esa expectación reinante, de repente apareció un señor barbón desconocido de todos, quien portaba una cruz con cordón blanco y azul, era medio jorobado y como cojito, tenía una camisa cruzada en el pecho y con cara de malos amigos y moviendo varias veces el cuello se presentó frente a todos diciendo “Soy el Muy Respetable Getuls Carlos Moisés Michán y vengo a que se cumpla estrictamente con la Sagrada Tradición Iniciática, uno por uno los haré pasar para hacerles algunas preguntas”, recuerdo que nos quedamos helados, eso quería decir que no teníamos asegurado nuestro ingreso. Uno a uno fuimos pasando, algunos salieron desconsolados, otros llorando porque les faltaron solo días en alguna de las disciplinas o porque no se acordaban el día en que las empezaron. Los rechazados tendrían que esperar 6 meses, de acuerdo a las reglas de la Iniciación.

Nos fueron llamando a los ya aprobados uno a uno, subimos en silencio por la escalera para entrar a la tan esperada Escuela de Yamines, que por cierto era la recamara donde se había hospedado el Maestro Estrada junto con su esposa e hijo. Todos íbamos callados, nos mirábamos unos a otros percibiendo que la Iniciación era muy dura y sin tolerancias, que no perdonaba nada, y que era así porque resguardaba así misterios muy elevados de la alta espiritualidad. Solo 19 de los más de 30 que habíamos sido convocados pasábamos la primera prueba de Iniciación, ¡uffffff!.

Mi primera Escuela de Alta Iniciación, como la veía en esos momentos, estuvo repleta de estudios, tareas y vivencias llenas de misticismo, esoterismo, humanismo, yoga, etc… complementada por un grupo donde cultivamos una bella amistad entre todos y un muy motivante idealismo.

La Escuela de Yamines había empezado estricta y así continuó en cuanto a las responsabilidades y cumplimientos, siempre nos hicieron sentir la parte formativa, si llegábamos después de los 10 minutos de tolerancia no se nos abría la puerta y nos perdíamos la sesión, si no llevábamos la tarea asignada teníamos que salir y hacerla para reingresar, si no avisábamos de alguna inasistencia se nos dejaba fuera los 10 minutos de tolerancia, necesitábamos 3 prácticas de Yoga en el Instituto, etc. ……

En ese diciembre se nos informó que el Maestro Estrada estaría en la Navidad en el Ashram de Cuautla. Dentro de mi me dije “Si no fuiste al Kumba Mela, ahora debes conocer el primer Ashram de la Nueva Era, donde está construida la primera Cámara Secreta y que el Maestro Estrada nos decía que era el lugar donde se revelaban los misterios de la vida, aquellos que no se podían decir en público y que se esbozaban en su clásico “Esa enseñanza solo se da en Cámara Secreta”.

Pregunté en la GFU como llegar y me dijeron que era fácil, entonces solo necesitaba pedir el permiso en casa. No fue fácil porque sería mi primer Navidad alejado de la familia, pero tenía determinación y no se como, pero conseguí el dinero y el permiso.

Abordé solo el autobús directo a México DF, viajando toda la noche como 16 horas. Transbordé por metro hasta la Terminal sur del DF con facilidad, ya que me movía bien por la gran capital debido a que desde niño hice viajes casi todos los veranos a ver a mis parientes en el DF. Ahí abordé el autobús a Cuautla lleno de ilusiones y expectativas, aunque bien desvelado y sin bañarme. Todo el camino fue de especulaciones Iniciáticas que ya podía hacer con toda la información que tenia a esas fechas. Llegué a Cuautla el 21 de diciembre como a media mañana y hacía ya un buen calorcito, a diferencia de todo el trayecto que fue frío desde Monterrey. Pedí un taxi para que me transportara al Ingenio Santa Inés, a la “Casa de los Yogas”, como los taxis le llamaban al Ashram.

Llegué por fin al Ashram, cruce un puentecito sobre un arroyuelo y entre por una puerta de barrotes de tubos que tenía la Cruz del Aquarius, delante estaba el porche de la Casa donde una Gegnián anotaba en un libro a todos los que llegábamos y cobraba la cuota de los días que estaríamos hospedados. De repente, llegó un Getuls (ya había aprendido a distinguirlos) con el último botón de su camisa abrochado y barba recortada diciendo “ Bienvenido, soy el Anciano, me llamo Silvano Varela y la Madre del Ashram es mi esposa y se llama Ruth, de donde viene” a lo que contesté “Vengo de Monterrey y soy Yamín” a lo que replico con una sonrisa y actitud paternal “ ¡UY! que bueno, los de Monterrey son los más trabajadores y si es Yamín más, le voy a indicar donde se va a dormir para que deje sus cosas y ahí mismo le diré cual Karma Yoga le toca, porque a la 1 vamos a hacer Yoga en el Santuario que es ese que ve ahí, se puede bañar en el río, es un agua llena de buenas vibraciones porque viene de los deshielos del Popocatepetl”. Lo acompañe cruzando por un puente que cruzaba el río, todo se veía hermoso y luminoso, lleno de ruido de urracas que rompían los instantes con su algarabía. Dejé mis cosas y entonces el anciano me indicó que lo siguiera de nuevo pasando a un lado de la famosa Cámara Secreta y del Santuario hasta llegar a los baños. Entonces me dijo “Hoy le toca limpiar los waters (WC) y las regaderas de los hombres, aquí tiene lo que necesita, puede empezar y si no termina antes de la 1:00 PM, le sigue después”.

Inicié con optimismo la limpieza y ¡Oh! mi sorpresa, en las puertas de los sanitarios había algunos letreros que decían, “Recuerda tu palabra de pase”. ¡WAW!, estaba en un lugar lleno de misterios, ahora entendía porque se decía que entre los Iniciados se comunicaban por claves.
A la 1:00 PM ya estaba bañado con los mencionados deshielos del Popocatepetl del río, (ahora sabía bien porque, brrrrr,) y dentro del santuario que se bañaba de luz y calor. Un Gegnián nos dirigió a varios las secuencias de asanas de 1º, 2º y 3er grupo. Todos nos ateníamos a nuestra secuencia.

A la hora de comer éramos ya como 30 personas en el Ashram, el ambiente era inmejorable, dentro de un entorno de un comedor de tablones y bancas que nos hacían más cercano el encuentro humano y con el canto del río que pasaba veloz a nuestro lado.
Después de la comida terminé el aseo de los baños y me fui a tomar algo de sol junto a un grupo de jóvenes. Algunos tenían el pelo largo y otros no, pero se veían todos buena onda. Uno con dientes grandes me saludó primero, es el que traía la guitarra y nos ponía a todos a cantar canciones de Serrat, como aquella de “Tu nombre me sabe a hierva” “Cantares” … y una que otra de rock. Sus amigos le decían “Pancho” y hasta la fecha le dicen igual. Recuerdo a otro joven callado y serio que no cantaba pero miraba a todos lados y que cuando le pregunté como te llamas, me respondió directo y enfático “Me llamo Adrián Marcelli y soy el hijo del Gagpa José Marcelli”. Hubo cambio de guitarra y la tomó uno de frente ancha y aceleró el ritmo con canciones como la de “Maria Isabel”, su nombre Juan Carlos”. Recuerdo también a los Mancillas, a los Díaz, a Lalo, y otros más.

Llegó la hora de la meditación a las 7:00 PM, esperábamos como 40 en el santuario, entonces llegó un personaje con cruz de Getuls como sacado de un cuento de Yoghis, con cabello hasta la cintura, delgado, atlético, enfundado en una trusa transparente que no dejaba nada a la imaginación. Con solemnidad y seguridad dijo: “Me llamo Carlos, Carlos Peñafiel, soy Getuls y hoy haremos meditación, yo la dirigiré, al terminar haremos una Concentración Tibetana, en el Ashram no se dan instrucciones porque eso se aprende en los Institutos, pero si tienen alguna duda la podemos aclarar al terminar. Voy a calentar y empezamos”. En mi adentros dije este se viste casi igual al Dr. de la Ferriere con su taparabos y parece saber mucho de Yoga… meditemos, la Concentración Tibetana me asombro por sus energías y alcances de vivencia de contacto con lo Superior…. Estaba definitivamente en un lugar muy especial y en donde estaba teniendo experiencias muy significativas, me daba cuenta que el mundo era mas amplio de lo que hubiera pensado y estaba en uno lleno de verdaderas sorpresas.”

20 de Diciembre del 2007

HG Javier Eugenio Ferrara
www.redgfu.net/jef

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Sendas y encuentros de un Gurú No. 3

Relación y convivio con mi Padre Espiritual

La tarde de ese encuentro con el Maestro Estrada en la Casa Sede seguía transcurriendo en un ambiente mágico, todo giraba en torno a su presencia, su luminosa personalidad. Era especialmente notorio en la mesa mientras comíamos con él, cómo manejaba sus manos, su cuerpo y expresiones verbales para mantener la atención de todos.
El ambiente rebosaba de calor humano y de enseñanzas espirituales indistintamente. Podía estar alegremente contando chistes o anécdotas subidos de color o pasar a responder preguntas sobre temas esotéricos y hasta de la Omnipresencia Divina.

Esa tarde escuché algo que se me quedó muy grabado, al estar en la cocina como con diez personas. Su hijo, José Leoncio (hasta ese día supe que el Maestro tenía un hijo de 14 años), le preguntó: “Papá, ¿qué va a pasar con la GFU cuando tú no estés presente”, a lo que respondió con mucha seguridad y suavidad: “Mira, José, yo acepté una responsabilidad con mi Muy Sublime Maestre por una Era, que dura más de 2 mil años, y para eso falta mucho. Lo que sí te quiero dejar claro es que cuando yo ya no tenga este cuerpo, que creo que es a lo que te refieres, yo podré hacer mucho más de lo que hago ahora, porque este cuerpo me limita”.

De nuevo me di cuenta de que el Maestro Estrada tenía una forma de ver la vida que no era la normal, parecía fantástica, mítica, mesiánica, llena de magia, pero llena también de una confianza en cada palabra que pronunciaba. Nos hacía sentir que lo que nos compartía provenía de una realización muy profunda, al punto de que lo dicho parecía hasta normal cuando salía de él.

Al día siguiente, en domingo, la Ceremonia Cósmica empezaría a las 10h00. Esa era la primera vez que asistía, por lo que me adelanté, llegando a las 9h00. Me encontré con varias personas afuera del santuario, luego miré hacia el interior, sin entrar.
Adentro, el Maestro solo vestido en una bata de seda café y con patas de gallo en los pies, estaba acomodando su altar y unas figuritas en las columnas que tenía a los lados. Pregunté por qué no entrábamos, y me dijeron: “Es que el Maestro necesita estar concentrado en todo lo que hace, no debemos interrumpirle”.
Mientras nos amontonábamos muchos mirones en el exterior, el Maestro nos observaba de vez en cuando de reojo y nos sonreía. Terminó y subió a su cuarto, regresando como 15 minutos antes de empezar la Ceremonia, con ropa blanca y sus sandalias de color cafés.
Llegó para preguntar si ya le tenían un carbón en el sahumerio que había encargado, entonces colocó un poco de incienso al momento que describía una cruz y empezó a decir algo así: “Queridos hermanos, este servidor agradece su presencia a esta que es una Ceremonia Cósmica, un acto muy sencillo pero de gran trascendencia espiritual. Su origen se pierde en la noche de los tiempos. Es la misma Ceremonia que celebraba Jesús el Cristo entre sus discípulos, donde no era visto ni por el César ni por el Sanedrín. La cadena que estamos realizando representa dos cosas, primero que Dios, a través de sus Leyes, se encuentra encadenado a sí mismo y es UNO indivisible, y el segundo aspecto es de que todos somos hijos del Padre Celestial y por lo tanto somos hermanos”.

Se volteó para incensar el altar y las columnas, mientras unas cinco personas nos insistían que nos agarráramos con las manos cruzadas, con la derecha arriba de la izquierda. Por fin todos entendimos; al momento el Maestro se enlazó a la cadena e inició con un Padre Nuestro rezado hasta la mitad. Observé que mientras rezaba viraba los ojos hacia arriba, los abría y los cerraba. Yo no quería perderme ningún detalle.

Inició la Ceremonia y por esa única ocasión en mi vida empecé a tener una experiencia que no se volvería a repetir. Estaba en otro tiempo y en otro espacio, aunque con las mismas personas durante toda la Ceremonia. Veía a todos en una atmósfera llena de LUZ o magia… Es muy difícil describirlo.
La Ceremonia para mi pasó en un abrir y cerrar de ojos. En un momento determinado nos invitó a recibir su bendición, aclarando que no era obligatorio.
Me sorprendió que diera su bendición a más de cien personas. Cuando yo la recibí, la atmósfera descrita fue más fuerte. Regresé a mi lugar para ver cómo continuaba dando la bendición a todos, sintiendo el enorme privilegio de haberla recibido.

Concluidas las bendiciones, el Maestro empezó diciendo: “Una vez más el HERMANO MAYOR oficia en este sagrado recinto y una vez más agradece a todos los hermanos que se han acercado a este Ceremonial, a este Ceremonial tan sencillo pero de una gran trascendencia Iniciática. Después de esta Ceremonia, entramos en un convivio espiritual entre el Maestro y los discípulos, entre el Gurú y los Chelas.
“Estamos en estudio, ¿qué desean preguntar al Maestro ahora que se encuentra por Monterrey?”. Bety, una amiga, medio se levantó del piso y preguntó con voz suave y llena de devoción: “Maestro, háblenos del amor”. La atmósfera para mí fue en ese momento más intensa; me encontraba según yo en la época de Jesús y sus Discípulos, era la única referencia que tenía de algo así.
El Maestro respondió entonces con mucha solemnidad “El Amor es Ley de sintonía, es en virtud de esta Ley que los enamorados se atraen y se sintonizan uno con el otro, pero es importante decir que el Amor tiene dos caras, por un lado tenemos la atracción positiva y entonces los que se atraen se buscan para darse un beso, uno pegadito al otro, pero del otro lado de la moneda está el odio, que también hace que dos personas se atraigan pero para darse un golpe.
Es en virtud de esta Ley que nos atraemos los unos a los otros, pero hay que saber que de un lado de la moneda es una cosa y por el otro, otra…”. Así siguió como por dos horas y nadie se movía, todos estábamos absortos con las enseñanzas y la forma en que movía su cuerpo, sus manos, para mantener nuestra atención.

A momentos era solemne, en otros, pícaro, en otros, suave y amoroso, en otros pasajes llenaba de dramatismo sus expresiones, pero cuando menos lo esperábamos, hacía que todos soltáramos varias carcajadas. Él se la pasaba de maravilla y nosotros aprendiendo, pero a la misma vez muy divertidos.
Al final no sé por qué, cuando estaba él recogiendo sus cosas del altar, me le acerqué diciendo; “Maestro, ¿le puedo preguntar algo?”, respondió con un “Claro, mijo, dime para qué soy bueno”. “Maestro, dígame, por favor, si usted es estos tres personajes: tal, tal y tal”, entonces se volteó hacia mí sorprendido y me miró muy serio: “¿Quién te ha dicho esos tres nombres?”, a lo que respondí: “Nadie, es más no sé ni por qué se lo pregunto, porque yo no soy ni bíblico, ni místico ni nada de eso, pero hoy he sentido que usted es estos tres personajes, y si es posible quiero saber si es cierto, algo adentro de mí al final me dijo que usted es esos personajes”.
Viéndome a los ojos con cierta solemnidad, me dijo: “Espérame un momento, voy a recoger todo”. Cuando hubo guardado todo y se llevaron su altar, me pidió que me acercara y me dijo: “Mira, esos son tres nombres ocultos del Hermano Mayor y no sé cómo los sabes, pero si quieres saber más, consulta a Daniel, capítulo 10 y 12 y en el Apocalipsis, capitulo 5, ahí podrás saber más. Me tengo que retirar”
Cuando regresaba a mi casa, en el automóvil me estacioné a un lado de la avenida donde estaba circulando y me dije a mí mismo “Pero Javier, de dónde sacaste lo que le preguntaste”, a lo que yo mismo me respondí en un diálogo interior: “No importa el cómo, ya sucedió, estás continuando algo que apenas te estás dando cuenta, ya verás que pasa más adelante, el Maestro estará varios días, hay tiempo para preguntar y conocerlo más”.
Fueron dos semanas de convivencia permanente, me encontraba de vacaciones y podía asistir a todas las ceremonias, desayunos, comidas, meditaciones y tardes a la casa sede.

La esposa del Maestro, el Reverendo Carlota, dio un curso de dos días para aprender a preparar gluten. Al sábado siguiente, fuimos a un hotel donde hay una cascada famosa, en las afueras de Monterrey. Allí departimos con él en la piscina y después le vimos tomar la guitarra para tocar y cantar canciones, desde la romántica y nostálgica “Corazón” y “La Llorona”, hasta la inolvidable canción de los llanos venezolanos que a todos nos hacía reír y a aplaudir “O será vapor, o será goleta, o serán los rayos, mujer, de la bicicleta, Dicen las mujeres que el hombre es como el demonio, pero solo están esperando que el demonio se las lleve. O será vapor o será goleta o serán los rayos, mujer, de la bicicleta…”. Esa se la pedimos como cuatro veces.

La noche del 27 de julio, un día antes de su cumpleaños, como a las 23h00, nos pusimos de acuerdo para llevarle una serenata con un mariachi que contratamos por cooperación. Iniciamos con la algarabía de “La Negra”, abajo del balcón de su cuarto que estaba en el segundo piso. Seguimos con “Las Mañanitas” y al terminar y felicitarlo con “¡Maestro, felicidades!” y cosas parecidas.

Él levantó sus manos para hablar, diciéndonos en tono serio: “Un momento, por favor, un momento..., pero es que ustedes no tienen otra que hacer, que andar despertando gente. Ya me despertaron y ahora ni modo… pásenle para seguirle, que esto se está poniendo bueno”, todos soltamos una carcajada.

Al pasar adentro de la casa sede le preguntamos: “Maestro, ¿cual le gusta?”, a lo que contestó en forma pícara: “No sé si la saben, porque es muy espiritual”, a lo que respondimos: “Cuál, díganos cuál...”, él expresó entonces “La de Gabino Barrera”, todos soltamos una carcajada, al tiempo que empezó a escucharse: “Gabino Barrera no entendía razones andando en la borrachera, cargaba pistola con seis cargadores, le daba gusto a cualquiera. Usaba el bigote…”.
Todo estaba siendo simplemente inolvidable.

22 de Noviembre del 2007

HG Javier Eugenio Ferrara
www.redgfu.net/jef

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